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La exposición ‘Murillo y su estela en Sevilla’, uno de los proyectos más ambiciosos del cuarto centenario del pintor, abre sus puertas en Santa Clara

El delegado de Cultura, Antonio Muñoz, presenta esta muestra comisariada por Benito Navarrete que cuenta con 62 piezas entre las que se encuentran algunas de las obras maestras del pintor

Esta mañana se ha presentado en el Espacio Santa Clara la segunda muestra de Año Murillo, la primera de las organizadas por el Ayuntamiento de Sevilla y una de las apuestas más ambiciosas de toda la efeméride. Titulada ‘Murillo y su estela en Sevilla’, está comisariada por el profesor de la Universidad de Alcalá de Henares Benito Navarrete y cuenta con 62 piezas entre las que se encuentran algunas de las más importantes del artista barroco.

A la presentación han asistido el delegado de Cultura, Antonio Muñoz, y la directora de Cultura, Isabel Ojeda. Esta tarde, a las 19.00 horas, el alcalde, Juan Espadas, acudirá a la inauguración oficial en un acto que contará con la presencia de destacadas personalidades del mundo del arte. Así, Miguel Falomir, director del Museo Nacional del Prado; Andrés Úbeda de los Cobos, director de Conservación e Investigación del Prado; y Alfredo Pérez de Armiñán, presidente de Patrimonio Nacional, entre otros.

La exposición ‘Murillo y su estela en Sevilla’, que abre sus puertas al público a partir de mañana, día 6 de diciembre, es un viaje en el tiempo que demuestra la importancia de las imágenes visuales creadas por el maestro sevillano y su vigencia de forma 

intemporal a lo largo de la historia, desde el siglo XVII al XIX. “Las supervivencias de sus modelos se constatan como latencias contextualizando en el discurso expositivo las obras de la colección municipal del Ayuntamiento de Sevilla, cuyo patrimonio ha sido imprescindible para poder crear este discurso”, explica el comisario.

Murillo ha sido uno de los pintores españoles que ha gozado de un mayor poder de impacto en el espectador. La fortuna y el aprecio de sus obras trascendió en vida del artista, considerándose un mito viviente precisamente por voluntad propia y por la de los que lo encumbraron como el mejor pintor de la ciudad. La impresionante cantidad de sus pinturas que aparecen reflejadas en los inventarios de bienes en el siglo XVII revelan que en su siglo fue el artista más coleccionado en Sevilla, elevándose su presencia a 210 originales y 53 copias de sus pinturas en 79 de las diferentes colecciones.

Esta circunstancia indica que no tuvo rival y que consiguió crearse una fama que le sobrevivió. Murillo posee una capacidad para renovar una estética y crear una nueva y personal que, como una estela, iba a arrastrar su universo creativo como si de supervivencias se tratara a lo largo del tiempo, como ejemplo de su fortuna y arraigo incluso en el subconsciente de los artistas.

El poder de sus imágenes reside en cómo afloraron a lo largo del tiempo gracias a la memoria que había de las mismas, lo que consiguió convertirlo en un artista anacrónico precisamente porque es más importante la imagen que las circunstancias históricas en las que esa representación fue creada. Esa estela de imágenes que han seguido es consecuencia en muchas ocasiones de una “memoria involuntaria” y así es como muchos de los modelos creados por Murillo tienen ese poder de aparición, porque se despliegan con el paso del tiempo más allá de su propia visibilidad.

Un total de 62 obras contribuyen a mostrar esta latencia. Entre ellas, contemplaremos algunas de las pinturas más originales del maestro y otras que demuestran la atracción de su gusto y estética en la pintura, la escultura y la fotografía.

 

Los hallazgos de la investigación

De esta forma, se demuestra la importancia de los modelos del maestro y el hallazgo de una de estas imágenes de santidad que permanecía en el denominado Salón Montpensier de la Casa Consistorial y que ha sido restaurada para la ocasión, revelándose como una de las grandes aportaciones de este proyecto expositivo, ya que el ‘Retrato del Venerable Fernando de Contreras’ (1470-1548) es el que pintó Murillo por encargo del canónigo de la catedral hispalense Juan de Loaysa y que se colocó en su Sacristía Mayor en 1673.

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